Hay que rechazar el desarrollo (Pier Paolo Pasolini)

Muy pronto, en Ed. El Salmón, La lengua vulgar, de Pier Paolo Pasolini.

El «modelo de desarrollo», que está cerca de alcanzar su madurez, es el que nos ha impuesto la sociedad capitalista. Proponer otros modelos de desarrollo, significa aceptar ese primer modelo de desarrollo. Significa querer mejorarlo, modificarlo, corregirlo. No: no hay que aceptar ese «modelo de desarrollo». Como tampoco es suficiente con rechazar ese «modelo de desarrollo». Hay que rechazar el «desarrollo». […] Cinco años de «desarrollo» han convertido a los italianos en un pueblo de idiotas y de neuróticos. Cinco años de miseria pueden llevarlos de nuevo a su humanidad, por mísera que sea.

pasolini borgata

Ecofascismo (Bernard Charbonneau)

A pesar de las apariencias, el ecofascismo tiene todo el futuro por delante, y podría tratarse de un régimen totalitario tanto de izquierdas como de derechas, según dicte la necesidad. De hecho, los gobiernos se verán cada vez más obligados a tomar medidas para gestionar unos recursos y un espacio que con el paso del tiempo irán escaseando. Una contabilidad exhaustiva registrará, con todos los costes, los bienes —en su día gratuitos— utilizados por la industria y el turismo. El mar, el paisaje y el silencio se convertirán en mercancías que serán fabricadas y reguladas, y por las que se tendrá que pagar. Y la distribución de estos artículos de primera necesidad estará regulada según sea el caso por la ley de la oferta y la demanda o por el racionamiento que atenuará el inevitable mercado negro. La preservación de los niveles de oxígeno necesarios para la vida sólo se podrá garantizar a costa de sacrificar otro fluido vital: la libertad. Pero, como en tiempos de guerra, la defensa del bien común, de la tierra, hará que valga la pena el sacrificio. Ya la actuación de los ecologistas comenzó a tejer esa red de regulaciones que prevén multas y penas de cárcel con el fin de proteger la naturaleza contra su explotación incontrolada. ¿Qué más se puede hacer? Lo que nos espera, como durante la última guerra total, es probablemente una mezcla de organización tecnocrática y regreso a la Edad de Piedra.

Bernard Charbonneau, 1980

Libros para no quemar

La revista Hincapié ha elegido a nuestro salmón La Máquina se para de E.M. Forster como uno de los mejores libros publicados en 2016 o, como dicen ellos, para no quemar:

Una distopía –aún más próxima a nosotros que las de Orwell y Huxley– que relata los tiempos que vivimos supeditados a la megamáquina tecnológica, pero escrita en 1909 por E.M. Forster, autor de Pasaje a la India, Una habitación con vistas o Howards End. Hombres frente a pantallas y espacios cerrados durante sus 24 horas, aislados por gracia de una Megamáquina programada para pensar por ellos. Los díscolos o no aptos son deshauciados socialmente. Kuno, su protagonista, lo es por aventurarse a explorar el exterior. El desarrollo social es sólo el desarrollo de la máquina. Hasta que ésta no puede ser controlada. ¿Cuántos Kunos hay entre nosotros?

El resto de libros salvados de la quema, aquí.

Forster y los orígenes de la distopía

La revista cultural Canino ha publicado una interesante reseña de nuestro salmón La Máquina se para, de E. M. Forster. Su autor es Santi Pagés. Podéis leerla a continuación.

Mucho antes de que británicos como Charlie Brooker o Adam Curtis nos avisaran de los peligros de las redes sociales y la tecnología, un reputado autor británico escribió una novelita titulada La Máquina se para, que con el tiempo terminaría por convertirse en un clásico de la ciencia-ficción, además de anticipar nuestra época de burbujas mediáticas, redes sociales y exabruptos de 140 caracteres. Te invitamos a conocerla.

 

Hay que agradecer a Ediciones El Salmón la iniciativa de editar de forma tan cuidada La Máquina se para (1909), uno de los clásicos pioneros de la ciencia ficción en general, y del género distópico en particular, que permanecía aún inédita en nuestro país. Hasta ahora contábamos con muy pobres traducciones en internet que no hacían justicia a las filigranas modernistas de su autor E. M. Forster, que también lo fue de Una habitación con vistas (1908) o Howards End (1910) mucho más conocidas entre el público y los aficionados a las películas de época gracias a sus sendas adaptaciones cinematográficas. Estas historias sobre las clases altas inglesas no podrían parecer más alejadas de La Máquina se para, una novela de anticipación en la que Forster, un hombre de profundas convicciones humanistas, expresaba su ansiedad ante cómo nos afectaría el desarrollo tecnológico moderno.

Aunque La Maquina se para pueda parecerlo por su fecha de publicación, no es la primera distopía moderna. Ese honor se lo debemos reservar a Los 500 millones de la Begún (1879) de Julio Verne, aunque ya antes autores como Dostoievsky y Jonathan Swift hubieran mostrado inclinación a describir sociedades aberrantes. Pero sí que podemos adjudicar a la obra de E. M. Forster el título de primera distopía tecnológica. El mundo que nos describe no es uno de barro, sudor y óxido como los de 1984 (1947) de Orwell o La rebelión de Atlas (1957) de Ayn Rand, sino que es una tecnotopía futurista, una maravilla automatizada donde pueden obtenerse todo tipo de comodidades con solo presionar un botón: comida, música, vestido. Los seres humanos viven en ciudades subterráneas que son como colmenas. Cada celda es una unidad autosuficiente, cálida y bien iluminada. Esta opulencia se ha conseguido gracias a La Máquina, un dispositivo global que Forster no se molesta en describir (mejor así) y que regula las condiciones de vida de la humanidad entera sin que parezca necesitar ninguna coerción. Los humanos han cedido el control del mundo a La Máquina y están muy contentos con ello. Aunque La Máquina se para esté escrita en un estilo más bien impresionista, un par de personajes hilvanan la trama: Vashti, una mujer exitosa y devota de La Máquina, y su hijo Kuno, que cumple el papel de rebelde individualista presente en toda obra distópica. Sigue leyendo

La responsabilidad de la ciencia

atomic-bomb-records«La paradoja de la ciencia moderna reside en que este sentimiento de ignorancia y de soledad, esta reducción de lo que un individuo puede saber a un parcela cada vez más insignificante, camina de la mano de la certeza de la apertura de horizontes ilimitados de conocimiento y poder. “Creo que la idea de progreso científico está ligada de manera indisoluble a la noción de destino humano”, afirma Oppenheimer; y cabría interpretar que, entre otras cosas, quiere decir que ningún avance del conocimiento es hoy puramente teórico: incluso las construcciones más abstrusas de las matemáticas pueden convertirse en medios para influenciar, modificar o poner en peligro las condiciones de existencia de la humanidad. En consecuencia, el científico no puede sentirse en ningún momento exento de responsabilidad, libre de jugar con las hipótesis, seguro, como se sentía en el siglo pasado, de que sus descubrimientos no pueden, en definitiva, sino ser útiles a la humanidad».

[Apocalipsis nuclear y razón de Estado, Nicola Chiaromonte, 1958. Puedes leerlo en la página web Un tiempo de mala fe]