Un intelectual muy incómodo

[Reseña de De la parte equivocada (Limitar el deshonor, vol. I), aparecida en la revista Hincapié]

Piergiorgio Bellocchio es un intelectual que lleva más de veinte años sin encontrar editor. No le preocupa a estas alturas de su vida. Tampoco le importó que desde los años 60 en adelante fuera un maldito para izquierdas, derechas y centros. A contracorriente de la corrección táctica, Bellocchio era un hombre que pensaba al margen de la industria cultural. Y siempre se opuso al consenso intelectual. Se puede decir, como resumen los editores de Ediciones El Salmón, que se encontró bien a gusto “de la parte equivocada”. Su agudeza moral a la hora de mirar la Italia de su tiempo está perfectamente compilada en la selección de artículos ahora editados en español bajo el esclarecedor título de De la parte equivocada. Limitar el deshonor.

“Limitar el deshonor. Un objetivo que hace veinte años habría considerado repugnante y absurdo, porque el honor y el deshonor no son cosas que puedan medirse. […] Pero cuando era joven no podía concebir una derrota de estas proporciones. Por aquel entonces, lo peor que podía imaginar era la derrota política a manos de la contrarrevolución, que se manifestaba en la represión que, por despiadada que fuera (o precisamente por ello), garantizaba a los vencidos el honor del exilio, la cárcel o, mejor aún, la gloria del patíbulo. El destino ha sido ridículo […] Nuestros tiempos son menos dramáticos, menos directamente trágicos, aunque más desesperantes. Terror y miseria ahora pueden llamarse consenso y bienestar”.

Escrito en junio de 1985, Bellocchio parece hablar de nuestros tiempos. Del amargo sentido de la derrota constante acompañada de un hálito de dignidad.

En otras palabras: después de haber encajado treinta o cuarenta golpes, te pones a resguardo en una esquina o en un rincón, haciéndote el muerto, con el fin de evitar recibir más. Después asomas la cabeza el tiempo suficiente para recibir otros siete u ocho. Entonces te revuelves: paras un golpe o dos y devuelves a su vez dos tres, algo que el mejor de los casos suscita un poco de curiosidad y en el peor reprobación. Sirve, en todo caso, para devolverte un poco de respeto por tí mismo, de forma que ya no sientes los golpes que sigen cayéndote encima. Ganas por así decirlo, un poco de tiempo. Y vuelta a empezar. Esto es lo que yo entiendo por “limitar el deshonor”.

El compendio de los primeros ensayos de Bellocchio muestran su lucha constante recibiendo golpes y devolviéndolos. Sus artículos reunidos en este libro son una especie de diario donde lo cotidiano es el campo de batalla. No queda lucha ni enemigo por diseccionar: la progresía locuaz, la izquierda rampante, el terrorismo redentor alucinado, el poder, los predicadores y tahúres culturales, el estado parasitario, la clase media italiana, la técnica dominadora… y alguna bocanada libertadora de Thoreau. Bellocchio se pone de la “parte equivocada” como diría Bertolt Brecht, “a falta de otro sitio en que ponernos”.

En los sagaces y breves apuntes de Bellocchio hay una contumaz crítica al modernismo de hormigón agujereado en la Italia de principios de los 80. Es la misma Italia que vive hoy de su mortaja cultural. Y para sospresa mayúscula, puede decirse que la descripción que hace Bellocchio de aquella Italia es la actual de todos los países del mediterráneo y de otras latitudes absorbidas por la victoria “pacífica” y “consensuada” del consumo de toda clase de banalidades culturales. Enemigo de los lugares comunes, incluso y en primer lugar de los de la ortodoxia izquierdista, Bellocchio no cae en el dramatismo desesperante. Hay en su lúcida derrota una burla a toda la impostura imperante, por la que se cuela una alegría de vivir que aún sobrevive al totalitarismo cotidiano. Bellocchio no huye hedonistamente a ninguna comuna imaginaria: combate a diestra y siniestra la decadencia impuesta, la administración creciente y normalizada de los seres humanos en nombre de un progresismo que sostienen izquierdas y derechas.

Pese a él mismo es un intelectual sin igual. Un cero a la izquierda, como diría él mismo, pero un cero muy necesario.

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¿Se puede ser comunista y tener un iPhone?

Reseña de La raíz es el hombre, de Dwight Macdonald.

Dwight Macdonald (1906-1982)

«Se puede ser comunista y tener un iPhone», esto es lo que declaraba recientemente el secretario de Izquierda Unida, Alberto Garzón, a la prensa, en medio de su campaña de propaganda, en este año en el que se cumple un siglo de la revolución rusa. Y concluía diciendo : «El marxismo no es la llave que abre todas las puertas, sino una luz que nos permite entender mejor la realidad». Pero, sin duda, Garzón equivocó su enunciado, lo que quería decir es que sólo teniendo un iPhone se puede ser comunista y, desde luego, para entender eso no nos bastará leer a Marx, sino más bien leer este excelente libro: La raíz es el hombre de Macdonald, traducido y editado por el Salmón. Una buena iniciativa que coincide con el rescate que se hace hoy en Francia, siempre en un sector minoritario por desgracia, del legado de este original y radical pensador.

La publicación en 1946 del libro de Macdonald significó un decisivo portazo a todos los dogmas caducos del historicismo y el mecanicismo marxista y una apertura saludable al pensamiento libertario y verdaderamente radical que había menudeado en autores tan dispares como Orwell, Weil, Goodman, Camus, Reich o Silone durante la segunda guerra mundial. Como se nos dice en la introducción realizada por el traductor y editor: «Escrito en 1946, La raíz es el hombre anticipó muchos de los temas fundamentales de la Nueva Izquierda de los 60: la crítica de la burocracia, la tecnología o el totalitarismo soviético». En efecto, comparable a un libro como Caminos de utopía, de Martin Buber, publicado por la misma época, Macdonald realiza un elegante ajuste de cuentas con el culto al determinismo histórico de la doctrina marxista, así como con su creencia en el progreso tecnológico implícito en su teoría de la transformación social. De una forma sencilla y clara, Macdonald desmonta esa creencia ciega de los marxistas e izquierdistas en general en el milagroso desenvolvimiento del proceso histórico hacia la emancipación de la clase obrera. Frente a eso, nos recomienda más bien seguir las pistas dejadas por el pensamiento anarquista más genuino, aquel que ponía y pone su énfasis en lo que el individuo puede llegar a realizar a partir de su voluntad y su responsabilidad. Nos dice Macdonald que más de un siglo de positivismo marxista ha confundido nuestras expectativas haciéndonos creer que la esfera de los valores éticos era un aspecto superficial, siendo el sistema y las relaciones de producción los verdaderos soportes de la vida social y su razón última. Pero, justamente, la deriva catastrófica y dictatorial de la Unión Soviética nos indica que nos hemos olvidado de algo muy importante por el camino. Como lo sugiere Macdonald, ni la ciencia ni la tecnología ni la industria pueden dar respuestas decisivas a la pregunta de ¿cómo queremos vivir?, o ¿cual sería la buena vida? Los marxistas, y los liberales, pensaron que el desarrollo de las fuerzas productivas acabarían quitando sentido a cuestiones tan insignificantes…

Para Macdonald ha pasado el tiempo de las grandes estrategias de masas, tan queridas por los marxistas. Es el momento de replegarse dentro de sí para recuperar las razones de vivir y saber por qué y para qué se lucha. Recuperar una dimensión humana y cercana de la acción no significa renunciar a la acción, sino simplemente separarse de la corriente frenética que mueve a la sociedad industrial. Eso significa ser radical, desconfiar del dogma del Progreso, cuestionar la cultura de masas, reconquistar la capacidad de decir NO a todo aquello con los que se nos quiere envilecer. El radicalismo de Macdonald llama a la insumisión contra el Estado, pero a un tipo de insumisión inteligente y sensible: la de la persona consciente que renuncia a utilizar las armas y métodos del Estado (violencia, burocratización, propaganda) para, justamente, salvaguardar los valores que nos impulsan a seguir viviendo y resistiendo.

Con un prólogo de Czeslaw Milosz y una cuidada traducción y presentación, las ediciones del Salmón nos brindan hoy un material de reflexión indispensable.

José Ardillo

Fuente original: http://www.lamalatesta.net/culturalibertaria/?p=207

Forster y los orígenes de la distopía

La revista cultural Canino ha publicado una interesante reseña de nuestro salmón La Máquina se para, de E. M. Forster. Su autor es Santi Pagés. Podéis leerla a continuación.

Mucho antes de que británicos como Charlie Brooker o Adam Curtis nos avisaran de los peligros de las redes sociales y la tecnología, un reputado autor británico escribió una novelita titulada La Máquina se para, que con el tiempo terminaría por convertirse en un clásico de la ciencia-ficción, además de anticipar nuestra época de burbujas mediáticas, redes sociales y exabruptos de 140 caracteres. Te invitamos a conocerla.

 

Hay que agradecer a Ediciones El Salmón la iniciativa de editar de forma tan cuidada La Máquina se para (1909), uno de los clásicos pioneros de la ciencia ficción en general, y del género distópico en particular, que permanecía aún inédita en nuestro país. Hasta ahora contábamos con muy pobres traducciones en internet que no hacían justicia a las filigranas modernistas de su autor E. M. Forster, que también lo fue de Una habitación con vistas (1908) o Howards End (1910) mucho más conocidas entre el público y los aficionados a las películas de época gracias a sus sendas adaptaciones cinematográficas. Estas historias sobre las clases altas inglesas no podrían parecer más alejadas de La Máquina se para, una novela de anticipación en la que Forster, un hombre de profundas convicciones humanistas, expresaba su ansiedad ante cómo nos afectaría el desarrollo tecnológico moderno.

Aunque La Maquina se para pueda parecerlo por su fecha de publicación, no es la primera distopía moderna. Ese honor se lo debemos reservar a Los 500 millones de la Begún (1879) de Julio Verne, aunque ya antes autores como Dostoievsky y Jonathan Swift hubieran mostrado inclinación a describir sociedades aberrantes. Pero sí que podemos adjudicar a la obra de E. M. Forster el título de primera distopía tecnológica. El mundo que nos describe no es uno de barro, sudor y óxido como los de 1984 (1947) de Orwell o La rebelión de Atlas (1957) de Ayn Rand, sino que es una tecnotopía futurista, una maravilla automatizada donde pueden obtenerse todo tipo de comodidades con solo presionar un botón: comida, música, vestido. Los seres humanos viven en ciudades subterráneas que son como colmenas. Cada celda es una unidad autosuficiente, cálida y bien iluminada. Esta opulencia se ha conseguido gracias a La Máquina, un dispositivo global que Forster no se molesta en describir (mejor así) y que regula las condiciones de vida de la humanidad entera sin que parezca necesitar ninguna coerción. Los humanos han cedido el control del mundo a La Máquina y están muy contentos con ello. Aunque La Máquina se para esté escrita en un estilo más bien impresionista, un par de personajes hilvanan la trama: Vashti, una mujer exitosa y devota de La Máquina, y su hijo Kuno, que cumple el papel de rebelde individualista presente en toda obra distópica. Sigue leyendo

A cinco años del 15M: Obedecer bajo la apariencia de una nueva rebeldía

Reseña de nuestra reedición de 15M. Obedecer bajo la forma de la rebelión en la revista Hincapié.

A cinco años del 15-M, muchos fueron los vaticinios que hoy se han tornado cuanto menos pretenciosos. La spanish revolution no tuvo lugar. Algunos ya advertían en su momento que ni siquiera entonces era ese el objetivo de aquel magma de movilización: más bien al contrario, dar un sorpaso a los malos gestores del progreso. Del progreso que una clase media vio truncado a causa de una crisis que la convirtió casi en paria proleta. Entre los que advertían in situ et in tempore ese prematuro diagnóstico está el colectivo El Salmón que editó entonces el polémico librito 15 M: Obedecer bajo la forma de la rebelión. Cinco años después, el recorrido de aquel magma de indignación parece bifurcarse, como llegando a su propio delta, en las elecciones generales en España. Del “no nos representan” recantado en las plazas, como ya advertía el panfleto, se ha pasado al sí nos representan otros. Sigue leyendo

Los paraísos del Progreso que nunca llegaron

Reseña de El paraíso -que merece ser- recobrado en la revista Hincapié.

Si los editores de El Salmón tienen razón y la mayoría de libros editados últimamente de Thoreau poco han contribuido a despertar el espíritu crítico en los lectores, aquí viene este librito con mayor carga de profundidad. Mucho se está publicando de Thoreau y muy bueno. Pero esta edición aboca la crítica thoreuniana a la fe ciega en el mecanicismo más draconiano que no es más que el que vivimos en nuestros días. El Paraíso – que merece ser- recuperado es la crítica que Henry David Thoreau hizo del libro de J. A. Etzler El Paraíso al calcance de todos los hombres, utopía entonces hoy realidad de un planeta plagado de máquinas eólicas, hidraúlicas y de vapor en montes, mares, campos y ciudades que acabarían con el arduo trabajo humano y que contribuirían al advenimiento de la felicidad humana. Sigue leyendo