Hay que rechazar el desarrollo (Pier Paolo Pasolini)

Muy pronto, en Ed. El Salmón, La lengua vulgar, de Pier Paolo Pasolini.

El «modelo de desarrollo», que está cerca de alcanzar su madurez, es el que nos ha impuesto la sociedad capitalista. Proponer otros modelos de desarrollo, significa aceptar ese primer modelo de desarrollo. Significa querer mejorarlo, modificarlo, corregirlo. No: no hay que aceptar ese «modelo de desarrollo». Como tampoco es suficiente con rechazar ese «modelo de desarrollo». Hay que rechazar el «desarrollo». […] Cinco años de «desarrollo» han convertido a los italianos en un pueblo de idiotas y de neuróticos. Cinco años de miseria pueden llevarlos de nuevo a su humanidad, por mísera que sea.

pasolini borgata

El día que se pare la Máquina

«La ciencia, en lugar de liberar al hombre, lo está convirtiendo en esclavo de las máquinas. Dios, ¡qué perspectiva! Las casitas a las que estoy acostumbrado serán arrasadas, los campos apestarán a petróleo, y las aeronaves harán añicos las estrellas. El ser humano tal vez obtenga un alma nueva y quizá de mayor grandeza bajo estas nuevas condiciones. Pero almas como la mía serán aplastadas».

 Entrada de diario, 27 de enero de 1908

«Para leer el relato de una profecía, los lectores deben colaborar con dos cualidades: la humildad y la suspensión del sentido del humor. Sin la primera, tal vez no oigamos la voz del profeta. Y el sentido del humor puede provocar que nos riamos del profeta, en lugar de escucharlo».

Aspectos de la novela

 

E. M. Forster (1879-1970)

E. M. Forster (1879-1970)

Imaginad, si podéis, una habitación pequeña, de forma hexagonal como la celdilla de una abeja. No la ilumina ni ventana ni lámpara, pero está llena de una claridad suave. No hay aberturas para la ventilación, pero el aire es fresco. No hay instrumentos musicales, pero, en el momento en que comienza mi meditación, sonidos melodiosos resuenan en el cuarto. En el centro hay un sillón, con una mesilla al lado; ése es todo el mobiliario. Y en el sillón yace un bulto de carne envuelto en vendas: una mujer de metro y medio de estatura, con una cara blanca como un hongo. A ella le pertenece este cuartito.

Sonó un timbre eléctrico.

La mujer pulsó un interruptor y la música quedó en silencio.

«Tendré que ir a ver quién es», pensó, y puso en marcha la silla. Al igual que la música, la impulsaba un mecanismo, y se deslizó hasta el otro extremo de la habitación, donde el timbre sonaba con impertinencia.

—¿Quién es? —preguntó. Su voz mostraba irritación, porque ya la habían interrumpido varias veces desde que empezara a sonar la música. Conocía a varios miles de personas, pues en diversos ámbitos las relaciones humanas habían avanzado muchísimo. Sigue leyendo

Necesitamos un nuevo vocabulario político

Necesitamos un nuevo vocabulario político

—Radicales contra Progresistas—

(1946)

 

Dwight Macdonald (1906-1082)

Dwight Macdonald (1906-1082)

Entre la Revolución Francesa (1789) y 1928, las tendencias políticas podían dividirse más o menos entre «Derecha» e «Izquierda». Pero los términos de la lucha por la liberación del ser humano cambiaron en 1928 ―el cambio se había estado gestando desde mucho antes, desde luego, pero 1928 bien podría considerarse como un Rubicón. Déjenme que trate de definir la «Izquierda» y la «Derecha» del periodo 1789-1928.

La izquierda comprendía a todos aquellos que buscaban un cambio en las instituciones sociales que volvería más igualitaria (o completamente igualitaria) la distribución de la renta y que reduciría los privilegios de clase (o que se libraría por completo de las clases). El concepto intelectual central era la validez del método científico; el concepto moral central era la dignidad del Ser Humano y el derecho individual a la libertad y al pleno desarrollo personal. La sociedad se concebía, por tanto, como un medio para un fin: la felicidad de los individuos. Existían importantes diferencias en cuanto al método (como reforma vs. Revolución, liberalismo vs. lucha de clases) pero respecto a los principios la Izquierda estaba bastante de acuerdo.

La Derecha estaba formada por aquellos que o bien estaban satisfechos con el statu quo (conservadores) o bien aquellos que querían que éste se volviera menos igualitario (reaccionarios). En nombre de la Autoridad, la Derecha se resistía al cambio y, en nombre de la Tradición, también se oponía, lógicamente, a lo que se había convertido en el vector cultural del cambio: la voluntad, común por igual a Bentham y Marx, Jefferson y Kropotkin, de seguir la investigación científica adonde fuera que condujera y rediseñar las instituciones de acuerdo a ella. Los que se encontraban en la Derecha pensaban en términos de una sociedad «orgánica», en la que la sociedad es el fin y los ciudadanos el medio. Justificaban las desigualdades en la renta y los privilegios alegando una desigualdad intrínseca en los individuos, tanto en sus dotes como en su valía.

Esta gran línea divisoria se ha vuelto cada vez más nebulosa Sigue leyendo

Soy un paria de la ciencia

Reconozco que mi desconfianza y mi hostilidad hacia la ciencia y la tecnología se basan principalmente en mi desconocimiento sobre la materia. Soy un paria de la ciencia. Por otra parte, yo mismo también suscito desconfianza y hostilidad en obreros, campesinos y jóvenes, es decir, en gente que me atribuye un saber, y por lo tanto un poder, superior al suyo. Esto provocaba en ellos un sano prejuicio, un miedo instintivo. Cuanto más trataba de hacerme entender, más aumentaban sus sospechas.

indiosFrente a la ciencia, frente a la monstruosa máquina tecnológica, yo me siento como el indio ante los caballeros españoles cubiertos de hierro, como el negro ante el revólver del colonizador. No entendían nada, o más bien sólo entendían que los otros eran más fuertes: su única defensa posible era el miedo. Los que fueron exterminados o reducidos a la esclavitud, por no hablar de la viruela y de la tuberculosis, fueron en primer lugar y sobre todo los menos tímidos, los más evolucionados, aquellos que, confraternizando y colaborando con los extranjeros, albergaban la ilusión de elevarse a su altura. Los pocos que se salvaron fueron los más obtusos, los más «atrasados», aquellos que, desde que vieran aparecer a los semidioses blancos armados con biblias, ciencia y fusiles, no claudicaron al respeto ni a la curiosidad, no adoraron el fetiche de la superioridad, no fueron seducidos por el destino de la modernidad, sino que corrieron de inmediato a ocultarse en el bosque más espeso, en el desierto, en medio de los peñascos más inaccesibles y desolados, en los territorios providenciales habitados por bestias feroces y serpientes venenosas.

(Piergiorgio Bellocchio, Somos ceros satisfechos. Próximamente…)