¿Es indecente apreciar la primavera? —George Orwell

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George Orwell con su hijo Richard, en 1946. (Foto tomada por Vernon Richards)

[…] ¿Es indecente apreciar la primavera y otros cambios de estación? O, para ser más precisos, ¿es políticamente condenable que mientras sollozamos —o al menos deberíamos sollozar— bajo el yugo del sistema capitalista, señalemos que lo que vuelve la vida más digna de ser vivida es el canto de un mirlo, las hojas cobrizas del olmo en octubre, o cualquier fenómeno natural que no cuesta dinero y que carece de lo que los editores de los periódicos izquierdistas denominarían «una perspectiva de clase»? No cabe duda de que mucha gente piensa así. Sé por experiencia propia que una referencia positiva a la «Naturaleza» en uno de mis artículos atraerá sobre mí cartas injuriosas, y aunque la palabra clave que suele deslizarse en estas cartas es «sentimental», en ellas parecen mezclarse dos ideas.

La primera es que todo placer que se sienta en los procesos mismos de la vida alienta una suerte de parálisis política. La gente, como suele decirse, debería estar descontenta, y se supone que nuestra labor es multiplicar nuestras necesidades, y no limitarnos a aumentar el goce que sentimos con las cosas que ya tenemos. La otra idea es que vivimos en la era de las máquinas, y que no amar a las máquinas, o incluso querer limitar su dominación, es una actitud retrógrada, reaccionaria y ligeramente ridícula.

Este punto de vista se apoya a menudo en la creencia de que el amor hacia la Naturaleza es una debilidad propia de urbanitas que no tienen la menor idea de qué es realmente la Naturaleza. Los que de verdad tienen que lidiar con la tierra, suele decirse, no aman la tierra, y carecen del más mínimo interés en los pájaros o en las flores, salvo desde un punto de vista estrictamente utilitario. Para amar el campo haría falta vivir en la ciudad, y disfrutar únicamente de paseos ocasionales durante los fines de semana en las épocas más cálidas del año.

Esta última idea es manifiestamente falsa. La literatura medieval, por ejemplo, incluyendo las baladas populares, está repleta de un entusiasmo casi georgiano por la naturaleza, y el arte de pueblos agrícolas como los chinos y los japoneses siempre ha girado en torno a los árboles, los pájaros, las flores, los ríos y las montañas. La otra idea me resulta falsa de una forma más sutil. Sí, debemos estar descontentos, sin duda, y no conformarnos con el mal menor. Pero, si ahogamos todo el placer que nos procuran los procesos mismos de la vida, ¿qué tipo de futuro estaremos forjando? Si no podemos disfrutar del regreso de la primavera, ¿cómo podríamos ser felices en una Utopía circunscrita al trabajo? ¿Qué haremos con todo el tiempo libre que nos proporcionará la máquina? Siempre he tenido la sospecha de que si alguna vez se resuelven nuestros problemas políticos y económicos, la vida se volverá más sencilla, y no más compleja, y que el tipo de placer que se obtiene al hallar los primeros signos de la primavera será mayor del que se obtiene al comerse un helado mientras se escucha la gramola. Creo que, al conservar el amor de la niñez por cosas como los árboles, los peces, las mariposas o —por retomar el ejemplo del principio— los sapos, los individuos vuelven algo más plausible un futuro pacífico y decente, y que quienes predican la doctrina según la cual sólo el acero y el hormigón son dignos de admiración, vuelven más probable la posibilidad de que los seres humanos no tendrán más formas de dar salida al excedente de energía que en el odio y en el culto al líder.

En cualquier caso, la primavera está aquí, hasta en el centro de Londres, y nadie podrá impedir que disfrutemos de ella. Esta es una reflexión que vale mucho la pena. Cuántas veces me he quedado contemplando cómo se apareaban los sapos, o a un par de liebres manteniendo un combate de boxeo sobre el maíz tierno, y he pensado en todas esas personas importantes que querrían impedirme disfrutar de esto si pudieran. Pero por suerte no pueden. En la medida que no estés enfermo, hambriento, aterrorizado, encerrado en la cárcel o en un campamento de verano, la primavera seguirá siendo la primavera. Las bombas atómicas se apilan en las fábricas, la policía patrulla las ciudades, por los megáfonos manan mentiras a raudales, pero la Tierra sigue girando en torno al Sol. Y ni los dictadores ni los burócratas, por más que detesten profundamente todo esto, podrán impedirlo.

George Orwell – Reflexiones sobre el sapo común [1946 – Traducción de Salvador Cobo]

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