El día que se pare la Máquina

«La ciencia, en lugar de liberar al hombre, lo está convirtiendo en esclavo de las máquinas. Dios, ¡qué perspectiva! Las casitas a las que estoy acostumbrado serán arrasadas, los campos apestarán a petróleo, y las aeronaves harán añicos las estrellas. El ser humano tal vez obtenga un alma nueva y quizá de mayor grandeza bajo estas nuevas condiciones. Pero almas como la mía serán aplastadas».

 Entrada de diario, 27 de enero de 1908

«Para leer el relato de una profecía, los lectores deben colaborar con dos cualidades: la humildad y la suspensión del sentido del humor. Sin la primera, tal vez no oigamos la voz del profeta. Y el sentido del humor puede provocar que nos riamos del profeta, en lugar de escucharlo».

Aspectos de la novela

 

E. M. Forster (1879-1970)

E. M. Forster (1879-1970)

Imaginad, si podéis, una habitación pequeña, de forma hexagonal como la celdilla de una abeja. No la ilumina ni ventana ni lámpara, pero está llena de una claridad suave. No hay aberturas para la ventilación, pero el aire es fresco. No hay instrumentos musicales, pero, en el momento en que comienza mi meditación, sonidos melodiosos resuenan en el cuarto. En el centro hay un sillón, con una mesilla al lado; ése es todo el mobiliario. Y en el sillón yace un bulto de carne envuelto en vendas: una mujer de metro y medio de estatura, con una cara blanca como un hongo. A ella le pertenece este cuartito.

Sonó un timbre eléctrico.

La mujer pulsó un interruptor y la música quedó en silencio.

«Tendré que ir a ver quién es», pensó, y puso en marcha la silla. Al igual que la música, la impulsaba un mecanismo, y se deslizó hasta el otro extremo de la habitación, donde el timbre sonaba con impertinencia.

—¿Quién es? —preguntó. Su voz mostraba irritación, porque ya la habían interrumpido varias veces desde que empezara a sonar la música. Conocía a varios miles de personas, pues en diversos ámbitos las relaciones humanas habían avanzado muchísimo.

Pero cuando se puso el receptor al oído, su blanco rostro se arrugó en una sonrisa, y dijo:

 —Muy bien. Hablemos. Voy a aislarme. No espero nada importante durante los próximos cinco minutos, así que cinco minutos completos es lo que puedo concederte, Kuno. Luego tengo que dar la charla de «Música durante el Periodo Australiano».

 Tiró del pomo de aislamiento para que nadie más pudiera dirigirse a ella. A continuación pulsó el equipo de iluminación y el cuarto quedó a oscuras.

 —Date prisa! —dijo en voz alta, otra vez irritada—. Date prisa, Kuno; estoy a oscuras perdiendo el tiempo.

 Pero tuvieron que transcurrir quince segundos antes de que la placa redonda que tenía entre las manos empezase a resplandecer. Una tenue luz azul apareció de repente en su superficie y fue tornándose morada, y poco después pudo ver la imagen de su hijo, que vivía en la otra punta de la tierra, y él pudo verla a ella.

 —Kuno, qué lento eres.

 Su hijo sonrió con aire grave.

 —Creo que te gusta remolonear.

—Te he llamado antes, madre, pero estabas ocupada o aislada. Tengo algo que decirte.

—¿Qué, hijo mío? Date prisa. ¿Por qué no podías mandármelo por correo neumático?

—Porque prefiero decírtelo de viva voz. Quiero…

—¿Y bien?

—Quiero que vengas a verme.

Vashti observó el rostro de su hijo en la placa azul.

 —¡Pero si ya estoy viéndote! —exclamó—. ¿Qué más quieres?

—Quiero verte sin pasar por la Máquina —dijo Kuno—. Quiero hablar contigo sin pasar por el engorro de la Máquina.

—¡Chsss! —dijo su madre, vagamente sorprendida—. No debes hablar mal de la Máquina.

—¿Por qué no?

—Porque eso no se hace.

—Hablas como si la Máquina fuera obra de un dios —gritó el otro—. Supongo que le rezas cuando estás triste. La hicieron los hombres, no lo olvides. Grandes hombres, pero sólo hombres. La Máquina es mucho, pero no lo es todo. Ahora veo algo que se parece a ti en esta placa, pero no te veo a ti. Oigo algo que se parece a ti en este teléfono, pero no te oigo a ti. Por eso quiero que vengas. Ven a verme, para que podamos vernos cara a cara y hablar de mis esperanzas.

 

[…]

 

—¿No te das cuenta, ninguno de los conferenciantes os dais cuenta, de que nos estamos muriendo, y de que lo único que vive aquí es la Máquina? Creamos la Máquina para que actuase según nuestra voluntad, pero ya no somos capaces de hacer que la Máquina se someta a ella. Nos ha robado el sentido del espacio y el sentido del tacto, ha disuelto las relaciones humanas y ha reducido el amor a un mero acto carnal, ha paralizado nuestros cuerpos y nuestra voluntad y ahora nos conmina a adorarla. La Máquina se desarrolla, pero no a nuestro servicio. La Máquina sigue funcionando, pero no según nuestras metas. Sólo existimos como las gotas de sangre que corren por sus venas y, si pudiera funcionar sin nosotros, nos dejaría morir. Ah, no tengo remedio; o, mejor dicho, sólo tengo uno: repetirles a los hombres una y otra vez que he visto las colinas de Wessex como las vio el rey Alfredo cuando derrotó a los daneses.

 

Ilustración de Kelly Airo

Ilustración de Kelly Airo

[…]

 

«La Máquina —exclamaban— nos alimenta y nos viste y nos aloja; nos hablamos por medio de ella, nos vemos por medio de ella, existimos en ella. La Máquina es amiga de las ideas y enemiga de la superstición: la Máquina es omnipotente, es eterna; bendita sea la Máquina». Y este discurso no tardó en verse impreso en la primera página del Libro, y en las ediciones subsiguientes el ritual se hinchó hasta convertirse en un complicado sistema de alabanza y oración. La palabra «religión» se evitaba cuidadosamente, y en teoría la Máquina seguía siendo creación y herramienta del hombre. Pero en la práctica, todos, salvo unos pocos retrógrados, la adoraban como algo divino. Ahora bien, esa adoración no era unitaria. A un creyente le impresionaban sobre todo las placas ópticas de color azul, a través de las cuales veía a más creyentes; a otro, el Sistema de Reparación, que el pecaminoso Kuno había comparado con gusanos; a otro, los ascensores; y a otro, el Libro. Y cada cual rezaba a esto o a aquello, pidiéndole que intercediera por él ante la Máquina en su conjunto. La persecución también estaba presente. No se produjo un estallido, por razones que se explicarán más adelante. Pero permanecía latente, y todos aquellos que no aceptaban el mínimo conocido como «Mecanismo Aconfesional» vivían en riesgo de Desahucio, lo que, como sabemos, significaba la muerte.

 

[…]

 

Un día recibió con perplejidad un mensaje de su hijo. Nunca se comunicaban, pues no tenían nada en común, y lo único que había oído, por vía indirecta, era que Kuno estaba vivo y que se le había trasladado desde el hemisferio norte, donde se había portado tan mal, al sur; de hecho, a una habitación no muy alejada de la suya.

«¿Querrá visitarme?», pensó. «Nunca, jamás. Y además no tengo tiempo».

No, era otro tipo de locura.

Kuno se negó a mostrar la cara en la placa azul y, hablando desde las sombras, dijo con solemnidad:

—La Máquina se para.

—¿Cómo dices?

—Que la Máquina está parándose, lo sé, reconozco las señales.

Vashti lanzó una carcajada. Su hijo la oyó con furia, y no volvieron a hablar.

 

E.M. Forster, La máquina se para

(Próximamente, en Ediciones El Salmón…)

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