Necesitamos un nuevo vocabulario político

Necesitamos un nuevo vocabulario político

—Radicales contra Progresistas—

(1946)

 

Dwight Macdonald (1906-1082)

Dwight Macdonald (1906-1082)

Entre la Revolución Francesa (1789) y 1928, las tendencias políticas podían dividirse más o menos entre «Derecha» e «Izquierda». Pero los términos de la lucha por la liberación del ser humano cambiaron en 1928 ―el cambio se había estado gestando desde mucho antes, desde luego, pero 1928 bien podría considerarse como un Rubicón. Déjenme que trate de definir la «Izquierda» y la «Derecha» del periodo 1789-1928.

La izquierda comprendía a todos aquellos que buscaban un cambio en las instituciones sociales que volvería más igualitaria (o completamente igualitaria) la distribución de la renta y que reduciría los privilegios de clase (o que se libraría por completo de las clases). El concepto intelectual central era la validez del método científico; el concepto moral central era la dignidad del Ser Humano y el derecho individual a la libertad y al pleno desarrollo personal. La sociedad se concebía, por tanto, como un medio para un fin: la felicidad de los individuos. Existían importantes diferencias en cuanto al método (como reforma vs. Revolución, liberalismo vs. lucha de clases) pero respecto a los principios la Izquierda estaba bastante de acuerdo.

La Derecha estaba formada por aquellos que o bien estaban satisfechos con el statu quo (conservadores) o bien aquellos que querían que éste se volviera menos igualitario (reaccionarios). En nombre de la Autoridad, la Derecha se resistía al cambio y, en nombre de la Tradición, también se oponía, lógicamente, a lo que se había convertido en el vector cultural del cambio: la voluntad, común por igual a Bentham y Marx, Jefferson y Kropotkin, de seguir la investigación científica adonde fuera que condujera y rediseñar las instituciones de acuerdo a ella. Los que se encontraban en la Derecha pensaban en términos de una sociedad «orgánica», en la que la sociedad es el fin y los ciudadanos el medio. Justificaban las desigualdades en la renta y los privilegios alegando una desigualdad intrínseca en los individuos, tanto en sus dotes como en su valía.

Esta gran línea divisoria se ha vuelto cada vez más nebulosa con el auge del Nazismo y el Estalinismo, que mezclan de un modo desconcertante elementos de la Izquierda y la Derecha. O, por decirlo de otra manera, tanto la vieja Derecha como la vieja Izquierda prácticamente han dejado de existir como realidades históricas, y sus elementos se han recombinado en la tendencia moderna predominante: una sociedad desigual y orgánica en la que los ciudadanos son el medio, y no el fin, y cuyos regidores son antitradicionales y poseen una mentalidad científica. En principio, se acepta el cambio ―de hecho, se justifican los aspectos desagradables del presente precisamente como el precio que debe pagarse para garantizar un futuro deseable, ya se trate del sojuzgamiento de razas inferiores por parte de Hitler, de la emancipación de la clase trabajadora mundial de Stalin, o del pacífico mundo del futuro que alcanzaremos a través de la guerra, según nuestros propios liberales. La idea de proceso histórico, que hace un siglo era el distintivo de la Izquierda, se ha convertido en el atractivo más persuasivo de los apologistas del statu quo.

En este híbrido de Izquierda-Derecha, la noción de Progreso es central. Una terminología más precisa debería, por tanto, reservar el término «Derecha» para conservadores trasnochados, y desechar por completo el término «Izquierda» y reemplazarlo con dos palabras: Progresista y Radical.

Por «progresista» se entendería aquellos que conciben el Presente como un episodio en el camino hacia un Futuro mejor; aquellos que piensan en términos de proceso histórico más que en valores morales; aquellos que creen que el principal problema del mundo se debe en parte a la falta de conocimiento científico y en parte al fracaso para aplicar a los asuntos humanos dicho conocimiento, como solemos hacer; aquellos que, por encima de todo, estiman el incremento del dominio de la naturaleza por el hombre como un bien en sí mismo, y que considera su uso para fines negativos, como las bombas atómicas, una perversión. Esta definición, en mi opinión, abarca bastante bien la gran mole de lo que aún sigue llamándose Izquierda, desde los comunistas («estalinistas») pasando por los grupos reformistas como nuestros partidarios del New Deal, los laboristas británicos, y los socialistas europeos, hasta pequeños grupos revolucionarios como los trotskistas..

«Radical» se aplicaría a los (por el momento) escasos individuos ―en su mayoría anarquistas, objetores de conciencia, y marxistas renegados como yo― que rechazan el concepto de Progreso, que juzgan los hechos por su significado y su efecto presentes, que consideran que se ha sobrestimado la capacidad de la ciencia para guiar los asuntos humanos y que, por tanto, compensan la balanza poniendo el énfasis en el aspecto ético de la política. Ellos, o más bien nosotros, creemos que permanece abierta la cuestión de si el aumento del control del hombre de la Naturaleza es bueno o malo en sus efectos reales sobre la vida humana hasta la fecha, y somos partidarios de adaptar la tecnología al ser humano, incluso si ello significa ―como tal vez sea el caso― una regresión tecnológica, en lugar de adaptar el ser humano a la tecnología. Nosotros no «rechazamos», por supuesto, el método científico, como se nos acusa a menudo, sino que más bien pensamos que el radio de acción dentro del cual puede producir resultados fructíferos es más estrecho de lo que generalmente se asume hoy en día. Y sentimos que el terreno más firme desde el que luchar por esa liberación de la humanidad que constituía la meta de la vieja Izquierda es el terreno no de la Historia, sino de aquellos valores no-históricos (verdad, justicia, amor, etc.) que Marx volvió tan poco popular entre los socialistas.

El progresista hace de la Historia el centro de su ideología. El radical pone ahí al Ser Humano. La actitud del progresista es optimista tanto sobre la naturaleza humana (que, en lo fundamental, él considera buena, y por tanto todo lo que se necesita es cambiar las instituciones con el fin de dar a su bondad una oportunidad de realizarse), como sobre la posibilidad de comprender la historia a través del método científico. El radical es, si no exactamente pesimista, al menos sí más sensible a la naturaleza ambivalente del ser humano; ve el mal así como el bien en la base de la naturaleza humana; es escéptico respecto a la capacidad de la ciencia para explicar las cosas más allá de un cierto punto; es consciente del elemento trágico en el destino del hombre, no sólo hoy, sino en cualquier tipo de sociedad concebible. El progresista piensa en términos colectivos (los intereses de la Sociedad o de la Clase Trabajadora); el radical pone el énfasis en la conciencia y la sensibilidad individuales. El progresista parte de lo realmente existente; el radical parte de lo que él quiere que exista. El primero tiene necesidad de sentir que la Historia está «de su parte». El segundo sigue el camino que le dicta su propia conciencia individual. Si la Historia ha tomado el mismo camino, se alegra; pero se obstina en ser fiel a «lo que debería ser» y no a «lo que hay».

Como su enfoque trágico, ético y no-científico corresponde en parte a la actitud de la vieja Derecha, propiciando críticas de la doctrina progresista que muchas veces suenan muy parecidas a las que solía emplear la Derecha, el punto de vista radical provoca buenas dosis de confusión. A veces se lo denomina «objetivamente reaccionario». Sin embargo, no sería muy difícil mostrar los peculiares compañeros de viaje que tienen hoy en día los progresistas, en especial los estalinistas. En realidad, tanto la postura radical como la progresista, tal y como se las define aquí, trascienden la antigua línea divisoria Izquierda-Derecha, y en este sentido ambas resultan confusas e incluso «objetivamente reaccionarias» si se continúa contemplándolas a partir de la división clásica.

Puedo añadir que la perspectiva radical, al menos como yo la entiendo, no niega la importancia y la validez de la ciencia en su propia esfera, ni la de los estudios históricos, sociológicos y económicos. Tampoco afirma que la única realidad sea la individual y su conciencia. En lugar de eso, delimita una esfera que está fuera del alcance de la investigación científica, y cuyo juicio de valor no puede probarse (si bien podría demostrarse en los términos apropiados, no científicos); esta es la esfera tradicional del arte y de la moral. El radical ve que cualquier movimiento que, como el socialismo, persiga un tipo de sociedad éticamente superior, debe enraizarse en esa esfera, aunque su crecimiento pueda estar modelado por el proceso histórico. Esta es la esfera de los intereses humanos y personales y, en este sentido, la raíz es el hombre.

Dwight Macdonald, La raíz es el hombre

(Próximamente, en Ediciones El Salmón…)

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