Los paraísos del Progreso que nunca llegaron

Reseña de El paraíso -que merece ser- recobrado en la revista Hincapié.

Si los editores de El Salmón tienen razón y la mayoría de libros editados últimamente de Thoreau poco han contribuido a despertar el espíritu crítico en los lectores, aquí viene este librito con mayor carga de profundidad. Mucho se está publicando de Thoreau y muy bueno. Pero esta edición aboca la crítica thoreuniana a la fe ciega en el mecanicismo más draconiano que no es más que el que vivimos en nuestros días. El Paraíso – que merece ser- recuperado es la crítica que Henry David Thoreau hizo del libro de J. A. Etzler El Paraíso al calcance de todos los hombres, utopía entonces hoy realidad de un planeta plagado de máquinas eólicas, hidraúlicas y de vapor en montes, mares, campos y ciudades que acabarían con el arduo trabajo humano y que contribuirían al advenimiento de la felicidad humana. Que la utopia etzleriana no tiene nada de futuro, por cuanto es nuestro presente, resulta evidente. Y que somos al mismo tiempo los testigos de su aplastante port_thoreau_sueltarealidad como las víctimas de su más rotundo fracaso, además de los portadores mentales, en el gen progresista que heredamos de nuestros mayores y que trasmitimos a nuestros descendientes, de perpetuar hasta el fin de su propio fin un Progreso que ya no puede progresar más porque lo ha aniquilado casi todo. Thoreau lo decía en 1845.

Los Etzler que criticara Thoreau hace 171 años abundan en nuestros días. Están en las facultades de ciencias aplicadas, planean y ordenan – ¿están estos desordenados? – los territorios en ayuntamientos o gobiernos regionales, asesoran a partidos caducos y emergentes; están hasta en las revueltas tipo 15-M. El lema “No es una crisis, es una estafa” revela el desvelo por querer solventar un mal trago ocasionado por unos cuantos estafadores que se han quedado con el dinero que debiera fluir en los flujos de antes. Jorge Reichmann  y Emilio Santiago Muiño aciertan al darle la vuelta al trucaje: “No es una estafa, es una crisis”. Es la crisis, el colpaso del propio Progreso, de la civilización nuestra. Se puede discutir la longevidad de los recursos fósiles. Menos el gisgantismo planetario del consumo energético, su degradación.  Los obispos del Progreso son los reformistas de toda ralea que Thoreau identifica:

mientras un reformador friega los cielos, otro barre la tierra.

Allende los siglos, los adventistas del Progreso apartaron de los púlpitos a los que purgaban con agua bendita a los esquivos infieles. Una especie de sorpasso – palabra ahora tan de moda – histórico y dogmático. Thoreau vaticina la debacle: nada podrá tener éxito sin la concordancia con la naturaleza. El éxito del progreso es haber convertido esta elemental máxima en un quejoso resquicio de primitivistas o primates que añoran el taparabos y comer cebollas crudas. Es un éxito mental: cada persona no ve un designio del colapso en los barrios circundados por autovías, en los pueblos cercenados por centrales atómicas, hidroeléctricas, de residuos, en las costas apostilladas por puertos industriales, en el pescado con niveles elevados de cadmio, en la carne con clembuterol.

Thoreau parece adoptar una actitud descreída de las posibilidades de la utopia que plantea Etzler: sociedades con ultrateconología que mediante participaciones en acciones permitieran crear sociedades cerradas o comunitarias para el disfrute de sus asociados con sus constituciones. Ahí tenemos en nuestra era a los monopolios tecnológicos con acciones en bolsa o constituídos en sociedades limitadas con sus respectivos estatutos constitutivos. ¿Fin de trayecto? Thoreau adelanta en este sombrío librito el abismo moral de la sola idea de un futuro así. Nosotros afrontamos el abismo físico de la posibilidad de su presente. Muy malas noticias para los utopistas.

Íñigo Elortegi

 

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