A cinco años del 15M: Obedecer bajo la apariencia de una nueva rebeldía

Reseña de nuestra reedición de 15M. Obedecer bajo la forma de la rebelión en la revista Hincapié.

A cinco años del 15-M, muchos fueron los vaticinios que hoy se han tornado cuanto menos pretenciosos. La spanish revolution no tuvo lugar. Algunos ya advertían en su momento que ni siquiera entonces era ese el objetivo de aquel magma de movilización: más bien al contrario, dar un sorpaso a los malos gestores del progreso. Del progreso que una clase media vio truncado a causa de una crisis que la convirtió casi en paria proleta. Entre los que advertían in situ et in tempore ese prematuro diagnóstico está el colectivo El Salmón que editó entonces el polémico librito 15 M: Obedecer bajo la forma de la rebelión. Cinco años después, el recorrido de aquel magma de indignación parece bifurcarse, como llegando a su propio delta, en las elecciones generales en España. Del “no nos representan” recantado en las plazas, como ya advertía el panfleto, se ha pasado al sí nos representan otros.  Y ahí parece estar la involución: la spanish involution que estaba gestándose desde aquel 15 de mayo de 2011. La “transgresión” a la que apelaba aquella rebeldía no era la de cambiar el mundo, sino la de consumir objetos revolucionarios. Se trataría de una especie de elección individualista de la república independiente de mi casa, al modo de una multinacional del mueble barato en la cual se ha basado precisamente Podemos para hacer su último menú de catálogo electoral.

15_MLas conclusiones del librito 15 M: Obedecer bajo la apariencia de la rebelión causaron indignación entre buena parte de los indignados. Avanzaba ya en noviembre de 2011 la posibilidad de que de aquel magma surgiese la aparición de un “hombre fuerte” u organización que realizaría la tarea de encuadramiento dentro del orden.Aunque los partícipes de El Salmón admiten que no sospechaban entonces que la deriva sería en la forma de Podemos. Pensaban que se generarían contrapoderes dentro de la indignación ante esa inminente deriva. Existieron, especialmente en algunas plazas. Pero eran minoritarísimos.

“Mantener ante toda costa cierto nievel de consumo, que se equiparua  a un pretendido bienestar y a la defensa de un nivel de vida, es el objetivo de los movimientos sociales que actualmente se posicionan frente al orden económico vigente. las luchas contra las privatizaciones, los recortes laborales y de drechos sociales transcurren por esa vía muerta revolucionaria que pretende mantener los beneficios del proceso de industralización del mundo sin querer soportar sus efectos nocivos. (…) el consumo de multitud de cosas inútiles es el recurso terapéutico por excelencia en unas sociedades que han persido todo sentido y posibilidad de sobrevivir a su propio desarrollo”

Los indignados parecían reclamar: “queremos seguir teniendo lo que tenemos y, a ser posible, un poco más”. A fin de cuentas es lo que promete el progreso en sus versiones izquierdista o derechista. Lo cierto es que las cosas realmente necesarias para la vida, las más básicas, han sucumbido ya al proceso de industrialización, y la tendencia de las asambleas quinceemistas fue declinándose por reivindicar que así siga siendo. Pronto empezaron a vislumbrarse atisbos de  “programas”. De las inquietudes que salieron de la multitud de comisiones, llamaba la atención lo que precisamente no se hacía visible: una crítica al sistema de la delegación y al de los privilegios, y en consecuencia, encauzar un camino a su combate.

“Ir en su contra supondría aceptar una reducción drástica de muchas comodidades y prebendas que la organización técnica nos ofrece, y esa perspectiva no es alentadora  para la mayoría”

Nuevos gestores para la catástrofe

Pero lo que se esconde tras el positivismo de la indignación es una nube que ha caído entera a la tierra: el planeta ya ha sido devastado y solo queda la gestión de sus ruinas. Esta no es la tesis del colectivo El Salmón. Es el diagnóstico de un régimen democrático que se ha percatado del final de su tiempo posible. De ahí que ahora el ciudadano medio deba ser ecologista, participativo y demócrata; su conciencia debe estar “limpia”, siempre presta a la colaboración y optar sin demasiados remilgos por el mal menor. Hasta tal punto se ha deshidratado la indignación que ese ciudadano medio se conforma ahora para votar con que el nuevo administrador de la vida de todos no sea un ladrón obsceno. Y he ahí el curso del río que lleva. Río de aquellos riachuelos que son los riachuelos de siempre.

Homo asamblearis

Que el discurrir de la indignación trranscurriese en la forma de asambleas callejeras despistó a los creyentes adventistas de la revolución asamblearia. Fue para una buena parte de ellos, predicadores en el árido desierto de la historia, una visión al tiempo que la oportunidad de guiar a las prestas masas hacia la “Idea”. No estaban solos en esa misión: infinidad de grupúsculos se lanzaron en feroz competencia al mismo objetivo. Las plazas se convirtieron para el indignado atento en un supermercado donde los vendedores estaban en la misma cola que los compradores.

La forma asamblearia obnubiló a los ácratas. Releo en estos días el librito de Carlos Taibo cuyo título no deja lugar a las dudas evangélicas: Nada será como antes: Sobre el movimiento 15-M. La práctica asamblearia del 15 M demostró bien a las claras cómo ésta puede llenarse de un continuo que la convierte en conjunto vacío. Ni la asamblea es un santo grial, ni fue, para martirio de pastores ilusionados, un gancho que atrajera a los jóvenes indignados que ejercen el asamblearismo 2.0 más cool y que han destronado de su diccionario los términos división de clases, opresión, sindicalismo revolucionario, acción directa o autogestión.

Visto en retrospectiva y puesto ante la sordina electoral que nos embarga, pueden echarse de menos los primeros fulgores de la indignación. Aunque cualquier tiempo pasado fue anterior, no pudieron ser más acertadas las palabras de Agustín García Calvo cuando en la Plaza del Sol alertaba de la vacuidad de pretender hacer historia y de mirar al futuro. El presente era lo malo conocido, y el futuro fue lo peor por conocer.

César Valdés

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