“Puede existir un pesimismo de la inteligencia que impulse un optimismo de la voluntad”

Hace unos días Carmen Juan y Sara J. Trigueros, trabajadoras de la maravillosa librería alicantina Pynchon&Co, entrevistaron para el medio digital Vaho Magazine a nuestro compañero Juanma Agulles, con motivo de la reciente publicación de su último libro Piloto automático. Notas sobre el sonambulismo contemporáneo. Reproducimos a continuación la entrevista.

– Notamos un discurso pesimista actuando como hilo conductor de vuestras dos últimas novedades. Habláis de proporcionalidad inversa entre el número de publicaciones de Thoreau y la conciencia de la sociedad, algo que compartimos, pero también de que había algo en 2013 que te motivó a escribir el conjunto de ensayos Piloto automático que entendemos que al menos comienza a apagarse cuando decides abandonar la empresa de la reflexión semanal. ¿Son tan malos los tiempos o cabe vislumbrar algo de esperanza cuando efectivamente pese a todo os entregáis  (y en concreto te entregas) a la publicación de unos textos que esperáis que resuenen en las conciencias?

En realidad no sé si llamaría pesimista al hilo conductor de estas y otras de nuestras publicaciones. Yo prefiero definirlas como «críticas», y el movimiento de la critica social es doble: por un lado trata de «destruir» las bases de la mentira social, y al mismo tiempo pretende «construir» un argumento emancipador, es decir, que mueva a la interrogación sobre la realidad en la que vivimos. Cuando hacemos referencia al número de ediciones de Thoreau en contraposición a la rebeldía que podemos constatar en nuestra sociedad, es para poner en valor que, precisamente, el texto que publicamos del autor de Concord es uno donde ese lado más crítico y disconforme con el espíritu de nuestro tiempo (que en parte era también el suyo) se puede ver con más claridad.

Sobre el libro Piloto automático, el hecho de escribir casi semanalmente durante dos años, y hacerlo muy pegado a lo cotidiano, fue una experiencia muy enriquecedora. En algunos casos, los artículos me llevaron a participar de debates sobre el momento político actual y a ir adquiriendo otros compromisos. El hecho de interrumpir las colaboraciones más periódicas en verano de 2015 no responde tanto a un «apagón» como al hecho de haber realizado un paréntesis para afrontar otros proyectos, colectivos e individuales, que requerían más tiempo. Entre ellos el nuevo número de Cul de Sac, que salió hace poco, la misma edición de Piloto automático, una traducción que me traigo entre manos, y la presentación de mi tesis doctoral que leí en febrero de este año. A parte de la participación en distintos debates y charlas.

Y con eso, parte de la pregunta por los malos tiempos y por las esperanzas estaría de algún modo contestada. Tanto en el plano colectivo como en el individual no es incompatible ser crítico con intentar influir en el curso de los acontecimientos que vivimos, o de aquellos procesos sobre los que tenemos alguna capacidad. Puede existir un pesimismo de la inteligencia que impulsa un optimismo de la voluntad. De eso se trata en el fondo: nunca elegimos la forma de opresión a la que nos enfrentamos, constatar que la que nos ha tocado en suerte goza, lamentablemente, de una amplia legitimación por parte de nuestros contemporáneos no quiere decir que, por eso, debamos rendirnos. En cualquier caso, para leer libros o encontrar argumentos que nos dicen precisamente eso, que nos rindamos, que vivimos en el mejor de los mundos posibles, hay un amplia oferta con la que no pretendemos competir.

– En «Combatir lo peor» respondes a quienes exigen la formula mágica, a quienes preguntan «¿entonces cómo hacemos?» (aparecen también en «Estar en contra, estar a favor»), «con muchísima dificultad». Antes de saber cómo, tal vez sea necesario definir contra qué. ¿Qué es, en resumidas cuentas «lo peor»? y sobre todo, ¿es posible combatirlo?

Tengo un amigo que siempre comenta que ante la recurrente pregunta de «¿qué hacer?», cabría responder: «de momento, y para empezar, podríamos dejar de hacernos esa pregunta». En el artículo «Combatir lo peor», vengo a decir que no sirve de nada protestar por el mal gobierno o la mala administración de lo común si, a continuación, acabamos alzando al poder a nuevos administradores y dirigentes. La estructura queda así intacta, y el proceso por el que cualquier dirigente acaba defendiendo un pequeño número de grandes intereses se mantiene. El problema reside en la delegación y el eterno regreso de la política representativa (partidaria) frente a la democracia directa. Eso que llamo «lo peor», puede adoptar múltiples formas, pero básicamente es la pérdida de libertad y de autonomía, como individuos y como comunidades, lo que tengo en mente. Es el proceso de modernización industrial y capitalista el que ha ido degenerando en una forma de opresión que tiende al totalitarismo, y lo hace bajo múltiples aspectos, por lo que también nos ofrece múltiples frentes donde combatirlo. Desde el ámbito de la cultura, a las libertades políticas (recordemos que la «ley mordaza» sigue vigente), pasando por la destrucción de las formas de vida que no necesitan de un Estado, y que adoptan formas de organización de democracia directa. Hay múltiples ejemplos históricos y contemporáneos de personas que se organizan de ese modo, y que responden afirmativamente, con su práctica diaria, a la pregunta de si es posible combatir lo peor.

– Esta situación política actual de la que hablas, el clima que se respira, encuentra una respuesta muy viva en «Partidos y contrapartidas». Posiblemente escueza a muchos, pero es una reflexión necesaria. Este artículo, y algunos otros que aparecen en Piloto automático, están apunto de cumplir dos años. Visto lo visto, su vigencia es abrumadora. Imaginamos que eres consciente de lo válidos que siguen siendo tus artículos ahora, pero ¿supiste en su momento que tendrían el mismo, o incluso más peso a estas alturas? ¿Crees que se debe a lo que dices en «Enseñanzas de la Peste Negra en Europa» acerca de que las transformaciones sociales necesitan siglos, milenios, para ser perceptibles?

weilSí, es posible que a algunas personas les resulte chocante que ante el ascenso de nuevos partidos políticos que supuestamente representan una alternativa, haga una crítica a la «política de siempre» vestida con otro atuendo. Pero la mía no es una reflexión tan original, sinceramente. Si artículos como «Partidos y contrapartidas» tienen vigencia hoy no se debe tanto a un mérito mío como, en este caso concreto, al genio de una mujer llamada Simone Weil, que realizó la misma crítica a los partidos políticos en los años 30 del siglo pasado. Si hay algún acierto por mi parte, quizá tan sólo sea haber aplicado la lúcida mirada de Weil al contexto actual. Hace dos años era previsible la institucionalización de ciertos movimientos sociales como el de los indignados y el cierre de filas en torno a una candidatura política, hoy ya es una realidad que, pese a que obtenga mejores o peores resultados electorales, ya ha encontrado en sus mismas bases bastantes argumentos críticos frente a una espectacular deriva electoralista.

En «Enseñanzas sobre la Peste Negra en Europa» señalo algo de esto, sí. Especialmente cuando apunto a que el advenimiento de una crisis que parece estructural (porque afecta al conjunto de la sociedad) siempre se da sobre unas formas de regulación social previas, que hacen que determinadas instituciones sociales, unas determinadas formas de dominación, funcionen mejor cuanto peor es la situación general. El ejemplo histórico de la Peste Negra es un recurso que utilizo para decir que aquella «crisis» tuvo consecuencias importantísimas para el desarrollo posterior de una sociedad de clases, pero que en transformaciones de este tipo sus protagonistas a menudo no pueden ver el alcance de las mismas.

– Ya que mencionas a Simone Weil en tu respuesta y aparecen en tu libro varios autores de referencia como Mumford o Camus y otros referentes más literarios, queríamos hablar de la influencia que tiene la literatura sobre ti. Muchos de tus artículos se rigen por un modelo expositivo a partir de una metáfora o un ejemplo que, como una fábula, te lleva a la conexión con el tema sobre el que verdaderamente incides. ¿Cuánto hay de ética y cuánto de estética en esta forma de construir tu discurso?

La literatura es para mí la influencia más importante. Mis primeras lecturas literarias fueron la motivación para ir construyendo mi pregunta por el mundo y mi lugar en él, y trato de no perder de vista esa capacidad que han tenido muchos autores de conformar una visión de la vida que puede lograr que nuestra interrogación se extienda a todas las facetas de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Lograr aunar una visión estética con una toma de posición ética frente a la sociedad me parece que ha sido el logro de unos cuantos autores y autoras con los que me siento en deuda perpetua. Ciertamente Simone Weil, Mumford o Camus, pero también Orwell o Thoreau o William Morris, tienen esa capacidad de conmovernos y, al mismo tiempo, hacernos pensar.
En Piloto automático están muy presentes estas influencias. Partir de lo cotidiano, de un suceso o un objeto (como por ejemplo el alambre de espino) para construir una metáfora del mundo, es una manera de apelar a nuestra integridad, es decir volver a unir, a integrar, aquello que nunca debió separarse. Hay, por eso, algunos ensayos que están dedicados precisamente a la relación entre la literatura y la vida, y otros que, como decís, se acercan a lo que podría ser una fábula o una viñeta. En ese terreno intermedio entre el conocimiento histórico y social, y la pregunta estética de la literatura (que es el terreno del ensayo), es donde más cómodo me encuentro.

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